Muy lejos de Kensington
Lorena Curruhinca


Muy lejos de Kensington, de Muriel Spark
(La Bestia Equilátera, Buenos Aires, 2012)


La señora Hawkins es -según la descripción de la autora- robusta y esa es la causa de que la gente se confiese con ella; tiene 28 años, es viuda y trabaja en una editorial en los años cincuenta de posguerra. Vive en una pensión en Kensington y convive con varios inquilinos típicos de la época: Wanda Podolak, costurera polaca; un estudiante de medicina casi imperceptible; una pueblerina y joven secretaria; una enfermera extremadamente pulcra; un matrimonio y la dueña, Milly.

Hawkins es una especie de otro yo de Spark y además es insomne: lo cual no vive como un sufrimiento sino como una forma de reconstrucción de lo cotidiano; en el silencio nocturno afloran y se da forma a los recuerdos. Hay varias lecturas de esta vigilia; pareciera que Spark, a lo largo del libro, reafirmase la idea de que la configuración personal está hecha de las cosas que más persisten en nuestra memoria: la música que escuchan nuestros vecinos, el olor del desinfectante de muebles y así. Como si todo eso formara un collar gigantesco, como el de las mujeres kayan --las mujeres jirafa--, con el que se convive, y cuando la mirada se posa en cualquier espejo, en vez de verse a uno mismo, el reflejo de cada aro contuviese un momento preciso. Da la sensación que ella sabe que en realidad ahí reside la auténtica memoria de los otros: en esos gestos repetitivos más que en cualquier memoria gráfica de los demás. Y aun cuando el formato sea el de la novela, donde el relato es continuo, insiste la noción de que la vida está interrumpida por esos recuerdos y uno va y vuelve por ellos y se modifica.

Con maestría, la autora logra que la señora Hawkins pasee a través del insomnio y sus reflexiones: incluso nos da consejos --vienen gratis con el libro, dice-- acerca de la concentración, la fuerza de voluntad, sobre cómo conseguir trabajo, acerca de la escritura: "--Usted le está escribiendo una carta a un amigo -era el tipo de cosas que les decía--".

La novela transcurre entre lo íntimo y el suspenso (alguien amenaza a Wanda, quien está involucrada en una especie de pseudociencia), también entre la lucha y supervivencia en el mundo laboral: lidiar con egos de gente con intenciones de ingresar al mundillo literario tal como Hector Barlett, de quien se gana el desprecio al llamarlo "pisseur de copie" y que es quien logra que la echen de dos trabajos. Hawkins refiere al hecho de ser reconocida y nombrada como "señora" y afirma que es debido a su peso: "¿Cómo sabía mi nombre? Yo no sabía el suyo. En aquella época la gente siempre sabía quién era yo antes de que yo los conociese. Más adelante, cuando adelgacé, tenía que probar fortuna con todo el mundo; esto confirma mi impresión de que una chica grande y gorda es decididamente alguien, por mucho que pierda en lo relativo a encuentros amorosos.". Es esa imagen del cuerpo maternal que logra que los demás recurran a ella como salvadora --incluso consigue trabajo para varios de sus ex compañeros cuando la editorial en la que trabajaban va a quiebra a causa de fraudes--.

Hay algo de prohibición en la enunciación hacia el otro: si sos una señora está implícito que te casaste o sabés de hijos o lidiar con el dolor; casi una sabiduría ancestral. Sos un corpus ético ante todo. Nada de salirse del molde o no tener respuestas y ser totalmente indiferente a la descripción impuesta. En una película regular, Las vacaciones de mi vida, esa magnética mujer que es Queen Latifah interpreta a una empleada de una megatienda, donde vende artículos de cocina, a la que le diagnostican una enfermedad terminal; así, junta toda su plata y se va a Europa. En una escena entra a un local y le pide a una de las chicas que la haga lucir "europea". Se prueba varios cambios de ropa; ante un vestido se observa y dice: "con esto no me van a decir más ma'am (señora)".

Es en un trabajo nuevo, donde Hawkins nota que sus compañeros tienen alguna rareza y se da cuenta que, tal vez, la razón de que la contrataran es su sobrepeso. Entonces decide adelgazar reduciendo a la mitad todo lo que come y todos comienzan a llamarla por su nombre de pila, Nancy. De todos modos ella está acostumbrada a la dualidad entre realidad y percepción; la extrañeza adquirida: cualquiera sea el rasgo ante el cual se clasifica --ya sea por convenciones estéticas, sociales, políticas-- este implica la omisión del propio. En medio de una cena con sus jefes y esposas, piensa: "Al final llegué a la conclusión de que era mejor pertenecer a la clase corriente. Porque la clase alta no podría vivir, se desintegraría sin la clase corriente, mientras que esta puede muy bien salir adelante sola.".

Mientras ella está absorta en volver a conseguir empleo y a conocerse amorosamente con William, el estudiante de medicina, Wanda se suicida. De nuevo se enfrenta con las dudas, el miedo y trata de hilvanar sucesos, conexiones. Son esos hilos por los que nos zigzagueó durante todo el relato los que se acomodan de un modo tan sincero que no admiten ninguna interpretación cínica sobre el destino trágico de ciertas relaciones y la persistencia en un odio tontamente infundado. La empatía frente al libro no solo es auténtica, sino, quizás, la única reacción frente a la lúcida y honesta escritura de Spark.
*Reseñadora
Lorena Curruhinca, (Viedma 1981). Reside desde pequeña en Carmen de Patagones, por lo que se considera maragata. Vive y estudia Farmacia en Bahía Blanca. Trabaja en corrección de textos. Con Gerónimo Unibaso editan la revista “Esto no es una revista literaria”, la editorial “Colectivo Semilla” y organizan la Feria de editoriales autogestionadas de Bahía Blanca. Tiene un libro de poemas: “Una chica de río” (Colectivo Semilla, 2012).
Blog: principiodeincertidumbre.blogspot.com